La tranquila comunidad de San Marcos Tlapazola, en el estado de Puebla, amaneció este miércoles con una noticia que sacudió hasta los cimientos a padres de familia, autoridades educativas y vecinos que jamás habrían imaginado que el hombre que educaba a sus hijos escondía una identidad completamente distinta detrás de su escritorio y su gis.
Roberto Fuentes Aguilar, de 44 años, conocido en la comunidad como «el profe Roberto», maestro de quinto grado con reconocimientos por su dedicación y puntualidad, fue detenido el martes por la noche luego de una operación coordinada entre la Fiscalía estatal y autoridades federales que llevaban meses rastreando a la cabeza de una red de estafas telefónicas que había defraudado a más de 400 personas en 12 estados del país.
Lo que nadie esperaba era que la primera alerta no vino de investigadores ni de informantes. Vino de sus propios alumnos de diez y once años. Varios niños habían comentado en casa que el profe recibía muchas llamadas durante el recreo, que siempre salía al patio a hablar en voz baja y que en una ocasión lo escucharon decir frases que no entendieron pero que sus padres sí reconocieron como el guión típico del fraude del «familiar accidentado».
Una madre de familia presentó la denuncia casi sin creerlo ella misma. «Me sentí ridícula al reportarlo porque pensé que era exagerado, pero mi hijo me insistió», relató. Esa denuncia activó la investigación que terminaría desenmascarando al profesor once años después de que comenzara a operar la red desde su misma aula escolar.
Autoridades confirmaron que Fuentes Aguilar operaba durante horas escolares usando teléfonos con chips desechables que cambiaba semanalmente y que escondía en el fondo de su maletín entre cuadernos y libros de texto.
El caso generó un intenso debate sobre los mecanismos de verificación de antecedentes del personal docente y sobre algo que muchos padres señalaron con orgullo: que fueron los niños, con su inocencia y su instinto, quienes lograron lo que los adultos no pudieron ver.